Reflexiones patrias

•junio 26, 2010 • Dejar un comentario

No soy mucho de fútbol. Para que os hagáis una idea, empecé a comprender el fuera de juego hace apenas una semana. Tampoco conozco la mitad de las caras de la selección española. Sin embargo, hace apenas unas horas me levantaba del sofá con cada gol de nuestra “roja”. Tenía la ventana abierta y se oían los cláxones de los coches y los gritos de alegría de mis vecinos. Esto me hacía feliz, me daban impulsos de bajar a la calle y abrazar a quien se me cruzase.

Me empieza a gustar el fútbol porque es el único tema transversal de nuestro país. Es más, a veces, España parece un país cruel que se emociona exageradamente cuando las cosas se hacen bien y, prematuramente, pierde las esperanzas y critica sin escrúpulos a quien se equivoca. Somos un país al que le encantan las clasificaciones: “Este es de derechas” o “Este es de izquierdas”. “Este pertenece a una clase social alta” o “Este no tiene ni siquiera un título universitario”. “En el periódico le están dando caña a Vicente del Bosque porque son más de Luis Aragonés”. Pero cuando gana la roja…ay, cuando gana la roja. Ahí no hay distinciones, no hay peleas y no hay colores que valgan. Se olvida si eres de derechas, si eres de izquierdas, si tienes pasta, o si el día 20 de cada mes comienzas a pasarlas canutas, si eres católico o budista. Cuando España marca un gol, nada más existe, tan sólo ese gol. Ni siquiera, en el momento preciso en el que se anota un tanto, existen Vicente del Bosque o Luis Aragonés.

Porque en realidad amamos la patria y nos alegramos de un triunfo común. No nos gustan ciertas cosas. Estamos hartos de paro, de pelea política, de contratos basura, del morro de nuestros empresarios, de los aires de superioridad de nuestros jefes, y del conformismo de nuestros empleados. Los jóvenes estamos bajo el paraguas del pensamiento de nuestros abuelos, que pasaron hambre y hoy nos dicen “busca un trabajo estable y consigue un sueldo”, “ningún jefe es bueno” o “ningún trabajo te va a gustar”. Un paraguas que nos protege de muchas cosas, pero que también nos excluye muchas veces de la VIDA (sí, con mayúsculas). “¿Quieres vivir una experiencia de vida? ¡Pues llega a las 80 años como yo y tendrás experiencia de vida!”, me dijo mi abuelo días antes de una aventura trasatlántica. Aquello me impulsó a ser aún más rebelde. El efecto de aquella frase aún no ha desaparecido hoy.

Pero amamos nuestro país, porque nuestra España es otra. En el extranjero presumimos de la alegría, de las cañas, de Joaquín Sabina. De las ciudades maravillosas que, al sol, huelen a pulpo a la gallega, a Albariño, a pincho moruno, a tapa de jamón asado, a pescaíto frito, a butifarra y a patatas bravas. Porque tenemos a nuestras abuelas, que guisan durante horas a fuego lento para que nos comamos una buena caldereta. Somos los mayores fans de “Señoras que…”. En el fondo, nos hace gracia que se pongan una bolsa en la cabeza para proteger la permanente cuando llueve o que monten esos corrillos al fresco. No lo debemos perder. También amamos nuestro país porque tenemos sentido del humor y nos encanta reírnos de nosotros mismos. ¿Lo hemos olvidado?

Lloramos porque no nos reconocemos. ¿Dónde está el país más cálido de Europa? ¿Se olvidaron las buenas intenciones y la mano tendida al de al lado? Que sí, que quizá tendríamos que ser más desinhibidos y menos criticones. Dejar de mirar por la cerradura del otro, y preocuparnos de estar bien nosotros. Ayudar a que los demás alcancen sus sueños, sin faltarles el respeto. Darle esquina a la envidia y convencernos de que nuestro camino no es el mismo que el del otro ni lo será.  Que ni los contratos basura,  ni la jeta de empresarios y políticos deben vencer a nuestra libertad individual y ser motivo de discusiones que dejan mal sabor de boca. Y que ellos no son los que tienen las riendas de nuestra tragedia o de nuestra felicidad. Felicidad que no depende de los demás. Más bien depende de reírnos con ternura de “Señoras que…” y hacer que todos los días gane la roja.


Ilusión, pasión y buen hacer en Playing for Change

•diciembre 19, 2009 • Dejar un comentario
Pierre Minetti, Clarence Bekker y Mark Johnson

Pierre Minetti, Clarence Bekker y Mark Johnson

Todavía queda gente buena en el mundo. Estoy segura de que si no fuese así, estaríamos todos más para allá que para acá.  Y hoy en día, algunos movimientos dan buena cuenta de ello. Por ejemplo, Playing for Change. Por un lado, creo que ayudar a los músicos en la calle no es precisamente una acto de solidaridad, o al menos como entendemos la solidaridad hoy en día.  Por que los músicos de la calle no son mendigos, son músicos, que eligen, o no les queda más remedio que elegir la calle como su escenario habitual.  Porque no tienen detrás a una gran discográfica que les diseñe la portada de un disco, la ruta de conciertos o la forma de vestir. Y me parece genial que se dediquen a ello. Por que si a ellos les gusta la música ¿por qué está la sociedad empeñada en que hagan otra cosa? A lo mejor vosotros y nosotros tenemos la gran suerte de que nuestro trabajo, por el que nos pagan y cotizamos a la seguridad social nos encanta.  Pero resulta que ser artista es más complicado. Sin embargo, ¡cómo nos gusta escuchar las delicadas notas que algún apasionado de la música ha compuesto!. ¡Y que alergia da escuchar las notas del que solo se ha subido al estrellato por ganar dinero y fama!. Por que tiene que haber de todo, y cuidado, que no lo digo de forma despectiva.  A mí  no me llama la atención componer, pero ¡menos mal que hay gente a la que sí!, porque ¿qué sería de nuestras vidas sin música? Y como este es un bien fundamental en la sociedad global, aquí viene el mérito y el acto solidario de Playing for Change, que no es otro que su objetivo inicial: unir al mundo a través de la música sin distinción de raza, ideología, política o religión. Porque con las ganancias, uno de los productores, Mark Johnson, decidió crear una fundación que recauda fondos para crear escuelas musicales en paises subdesarrollados.  Escuelas que se crean y mantienen gracias a los fondos y gracias a la recaudación en los conciertos que los artistas siguen ofreciendo por todo el mundo.

¿Qué puede hacer una escuela musical? Pues posiblemente no da de comer, ni pone un pozo de agua, ni enseña a los agricultores como explotar la tierra…acciones también magníficas. Pero lo he dicho antes, tiene que haber de todo,  y también se necesita fomentar la ilusión de las personas. Una escuela musical ofrece distracción, evasión de los problemas cotidianos, crea pasiones que luego mueven a la gente, crea buenos sentimientos. Creo que no es poco. Además, ver los videos de este movimiento pone los pelos de punta.

Dan ganas de besar a los músicos, de abrazarles y acompañarles aunque sea solo una tarde en su espacio de Santa Mónica o de Israel. Apetece viajar y conocer otras culturas, otros países.

La semana pasada los artistas de Playing for Change estuvieron en Madrid. Artistas que, en su momento, fueron músicos callejeros y que, además de ser tremendamente talentosos, fueron tocados por una estrella en su día. Johnson se fijó en ellos, en sus voces, y en su habilidad con los instrumentos y los incluyó en un documental presentado en Tribeca. Teniendo aquello como raíz, sus videos comenzarón a ser vistos por millones de personas de todo el mundo. El jueves pasado estuvieron en la Caja Mágica. Los ánimos y la ilusión se percibían. Aunque si lo hubiese sabido antes, hubiese recomendado hacer el concierto en una sala más pequeña, y sobre todo, más cálida.  Cálida es obvio por qué y pequeña por que sólo hubiese ido la gente a la que realmente le gustase esto, y ellos hubieses podido disfrutar más de los músicos, y los músicos de ellos.

Me encantó Grandpa Elliot, vestido con ese peto vaquero, su camiseta roja y su sombrero beige. Ese hombre tiene ángel. Se emocionaba cuando le aplaudían y era cuidado al máximo por todos sus compañeros de escenario.

Clarence Bekker y Grandpa Elliot

Clarence Bekker y Grandpa Elliot

¡Qué grande se hacía cuando tocaba la harmónica!. Amé a Clarence Bekker. No por sus caderas, su sonrisa o su voz, que también. Si no por la pasión que puso en el escenario. Él hacía de presentador, de showman, con una alegría y un ánimo que deslumbraban. Además cantaba y bailaba hasta la extenuación. Maravilloso Clarence. Lo mismo se puede decir de todos los demás músicos, que con más o menos carisma para mover a las masas, daban color y movimiento al escenario, además de aportar la parte musical que, por otro lado, era perfecta.  Pero lo que más me gustaba eran sus sonrisas. Sin duda. Mezcladas con cierta timidez que les hacía tiernos y “abrazables”.  Con ganas de irse a cenar con ellos y preguntarles unas cuantas cosas.

Y qué decir de los artistas callejeros españoles. Estaban como en un sueño. Felices. Y nerviosos. Pero ¡cómo no!. Acostumbrados a tocar en las paradas de metros de Madrid y Barcelona, aquel era su momento.

Y luego, te levantas a la mañana siguiente. Te vas a trabajar. Y ves en el metro a toda esa gente con cara de tremenda amargura. Que te dice con una rabia que debe nacer del estómago “¿vas a salir?”. Y te dan ganas de soltarle un “¿por qué no prueba usted a hacer algo que le guste?“. La contestación lógica sería “métete en tus asuntos” o “por que tengo que pagar una hipoteca“. Y entonces pensaría: “Y tiene razón. Está claro. Todos somos esclavos de la servidumbre moderna, y víctimas de una sociedad que se ha centrado en fomentar el amor propio y se ha olvidado de fomentar el amor por el prójimo, por nuestro trabajo, por la vida. ¿Cuándo nos daremos cuenta?“.

 
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