Reflexiones patrias

No soy mucho de fútbol. Para que os hagáis una idea, empecé a comprender el fuera de juego hace apenas una semana. Tampoco conozco la mitad de las caras de la selección española. Sin embargo, hace apenas unas horas me levantaba del sofá con cada gol de nuestra “roja”. Tenía la ventana abierta y se oían los cláxones de los coches y los gritos de alegría de mis vecinos. Esto me hacía feliz, me daban impulsos de bajar a la calle y abrazar a quien se me cruzase.

Me empieza a gustar el fútbol porque es el único tema transversal de nuestro país. Es más, a veces, España parece un país cruel que se emociona exageradamente cuando las cosas se hacen bien y, prematuramente, pierde las esperanzas y critica sin escrúpulos a quien se equivoca. Somos un país al que le encantan las clasificaciones: “Este es de derechas” o “Este es de izquierdas”. “Este pertenece a una clase social alta” o “Este no tiene ni siquiera un título universitario”. “En el periódico le están dando caña a Vicente del Bosque porque son más de Luis Aragonés”. Pero cuando gana la roja…ay, cuando gana la roja. Ahí no hay distinciones, no hay peleas y no hay colores que valgan. Se olvida si eres de derechas, si eres de izquierdas, si tienes pasta, o si el día 20 de cada mes comienzas a pasarlas canutas, si eres católico o budista. Cuando España marca un gol, nada más existe, tan sólo ese gol. Ni siquiera, en el momento preciso en el que se anota un tanto, existen Vicente del Bosque o Luis Aragonés.

Porque en realidad amamos la patria y nos alegramos de un triunfo común. No nos gustan ciertas cosas. Estamos hartos de paro, de pelea política, de contratos basura, del morro de nuestros empresarios, de los aires de superioridad de nuestros jefes, y del conformismo de nuestros empleados. Los jóvenes estamos bajo el paraguas del pensamiento de nuestros abuelos, que pasaron hambre y hoy nos dicen “busca un trabajo estable y consigue un sueldo”, “ningún jefe es bueno” o “ningún trabajo te va a gustar”. Un paraguas que nos protege de muchas cosas, pero que también nos excluye muchas veces de la VIDA (sí, con mayúsculas). “¿Quieres vivir una experiencia de vida? ¡Pues llega a las 80 años como yo y tendrás experiencia de vida!”, me dijo mi abuelo días antes de una aventura trasatlántica. Aquello me impulsó a ser aún más rebelde. El efecto de aquella frase aún no ha desaparecido hoy.

Pero amamos nuestro país, porque nuestra España es otra. En el extranjero presumimos de la alegría, de las cañas, de Joaquín Sabina. De las ciudades maravillosas que, al sol, huelen a pulpo a la gallega, a Albariño, a pincho moruno, a tapa de jamón asado, a pescaíto frito, a butifarra y a patatas bravas. Porque tenemos a nuestras abuelas, que guisan durante horas a fuego lento para que nos comamos una buena caldereta. Somos los mayores fans de “Señoras que…”. En el fondo, nos hace gracia que se pongan una bolsa en la cabeza para proteger la permanente cuando llueve o que monten esos corrillos al fresco. No lo debemos perder. También amamos nuestro país porque tenemos sentido del humor y nos encanta reírnos de nosotros mismos. ¿Lo hemos olvidado?

Lloramos porque no nos reconocemos. ¿Dónde está el país más cálido de Europa? ¿Se olvidaron las buenas intenciones y la mano tendida al de al lado? Que sí, que quizá tendríamos que ser más desinhibidos y menos criticones. Dejar de mirar por la cerradura del otro, y preocuparnos de estar bien nosotros. Ayudar a que los demás alcancen sus sueños, sin faltarles el respeto. Darle esquina a la envidia y convencernos de que nuestro camino no es el mismo que el del otro ni lo será.  Que ni los contratos basura,  ni la jeta de empresarios y políticos deben vencer a nuestra libertad individual y ser motivo de discusiones que dejan mal sabor de boca. Y que ellos no son los que tienen las riendas de nuestra tragedia o de nuestra felicidad. Felicidad que no depende de los demás. Más bien depende de reírnos con ternura de “Señoras que…” y hacer que todos los días gane la roja.


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~ por relatodeutopia en junio 26, 2010.

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